Juanito desconocía el nombre de ese anciano que probablemente le había salvado la vida. Aquella noche el joven se había acercado al viste-crespones con la noble intención de ganarse el pan de medio mes con los pagos de la noble cuya hermana había sufrido una, según la versión oficial, indisposición respiratoria en el muelle cinco días antes.
Como la descripción de los testigos apuntaba más a asfixia durante violación a pleno día la familia contrató un investigador independiente. Mucha gente lo vio por lo que el investigador, Juanito, no tenía que descubrir si realmente aquel viste-crespones cejijunto había cometido el crimen, sino cuantas cuchilladas hacían falta para que sus favores quedasen bien pagados. “Con las tripas fuera muchacho”- esa fue la respuesta cuando Juanito preguntó sobre los pormenores del trabajo.
Cuando Juanito en este, su primer trabajo de envergadura, se había acercado daga en ristre al guarda, éste se volvió hacia él, desafiante. El guarda, por muy violador que fuese no se había caído de un guindo la anterior Luna, y no se escapaba de sus brutales entendederas que habrían pagado buen dinero para saldar sus accidentadas dotes amatorias, por lo que esperaba la visita de recaudadores de honra como Juanito.
El muchacho se vio sorprendido, cartas arriba, con una daga como único argumento frente al pertrechado hombre. Ahí es cuando apareció el anciano chepudo, salvándole la jugada.
Tras el estruendo producido por el asta enana Juanito corrió calle arriba hacía los peores callejones de la ciudad, nido de gente de su prescindible ralea. La calle describía una curva ascendente hacia la derecha, dejando a la izquierda el canal de comercio principal de la zona. El muchacho siguió el ritual de costumbre: corrió cuesta arriba hasta vislumbrar enfrente suyo la primera patrulla descendiendo por el paseo, se zambulló en el canal como un cuchillo en la mantequilla gracias a su poco peso y su delgada figura. Aguantó la respiración bajo el agua, agarrándose a las rocas de las paredes del canal siguió el margen de la calle ascendente. Para cuando salió del agua los guardas andaban ya lejos. Ayudándose de una soga tendida hasta el canal, colocada con el fin de evitar ahogamientos de los feligreses de las tabernas cercanas, ascendió hasta la calle y voló hasta las sinuosas calles del barrio de las rosas.
-Me ha salvado la vida- se repetía una y otra vez el muchacho, pero aun así no dejaba de sentir un odio irracional contra el viejo, el éxito del tullido veterano revelaba su incapacidad en la lid, además le había quitado el trabajo, delante de sus narices- maldito sea...
En estas cavilaciones andaba el nervioso muchacho mientras recorría las callejuelas de su histórico barrio de las rosas. Un barrio intrincado, que solía aparecer un siglo si y otro también en los anales de historia de ésta, la maravillosa ciudad de Los Veintinueve Puertos. En el barrio de las rosas no había flores en los balcones, ni cuidadas fuentes que le diesen fama. Su nombre se debía a que las Rosas, mujeres y hombres de moral laxa trabajaban en el barrio dispensando los mejores placeres tanto a ricos como a pobres. Por ello los libros de historia solían verse obligados a mencionar el barrio como el corrompe linajes. Tal extendido estaban estos hechos que cuando un gobernante u oficial faltaba a su deber solía decirse que andaba “a por rosas”, del mismo modo que se decía que si se buscaba bien podrían encontrarse en el barrio herederos bastardos de todos los reinos conocidos.
Como toda rosa el barrio tenía espinas, y muchas, por lo que Juanito andaba daga en mano para evitar que se le clavaran. De noche las calles del barrio estaban vacías. Las Rosas se exhibían de día y cerraban las citas de una semana, normalmente a través de representantes, por lo que podían realizar su trabajo protegidas de las sorpresas de la calle. Las Rosas de menos recursos y precio se veían obligadas a salir de noche pero lo hacían en zonas controladas por ellas mismas, defendiéndose con uñas y dientes. Se las llamaba Rosadas, por decirse ser menos que las Rosas, solo al alcance de los mejores bolsillos. Era por las calles de las Rosadas por las que procuraba ir Juanito ya que conocía a muchas de ellas, y las rosadas trataban bien a los huérfanos como él, al fin y al cabo era de las Rosadas de donde salían los niños sin padres que inundaban los barrios circundantes. A Juanito le gustaba pensar que hablar con aquellas mujeres era, de alguna forma, como hablar con su madre, y probablemente alguna vez lo fuese…

Me he imaginado el canal como el río Ankh, muy recomendable para nadar y ocultar pruebas xD
ResponderEliminarLo del barrio de las Rosas es genial, en dos párrafos has dado vida a la zona!