lunes, 31 de octubre de 2011

Bajo un bajo techo



Se sentía a salvo en su mohoso y avinagrado nido.No era el único inquilino, aunque no solía ver a sus compañeros de cobijo. Cuando quería estar solo para que no lo encontrasen o bien para no encontrarse a si mismo, se metía a través una hendidura del edificio en ruinas que antes era la central de zapadores de la guardia de la ciudad de Los Veintinueve Puertos. Sendos ataques a la ciudad se habían centrado en derrumbar los cimientos barrios exteriores, buscando su hundimiento en las azules aguas. El barrio de las rosas era uno de los afortunados, por lo que era común ver allí edificios sucumbiendo a las aguas y calles bajo el nivel el mar.

Que la Central de Zapadores de la Guardia hubiese sido zapada fue una humillación tan grande que no se pudieron permitir permanecer en el edificio, alegando razones que de ningún modo paliaron la deshonra decidieron terminar de zapar el edificio ellos mismos. Tras estos ataques, de ajenos y propios, el edificio siguió erguido, formando una desfigurada caricatura de lo que fue. El seco en carnes cuerpo de Juanito le permitía escurrirse entre los escombros, donde la luz no le alcanzaba. Una característica peculiar del lugar era que daba acceso a varios edificios adyacentes que vestían sus construcciones con la llamada pared pobre. En origen eran dos paredes de piedra separadas entre si con un relleno de graba, pero durante las hambrunas del último siglo las ratas del lugar habían ido devorando, por tener las tripas llenas de algo aunque fueran tales manjares, la capa interna de guijarros, dejando una oquedad por la que Juanito podía deslizarse con facilidad, esto hacía al lugar aún más seguro.
Movido por la curiosidad Juan Sosiegos se había dedicado a retirar algunas rocas de las paredes exteriores para poder espiar las calles.
Su lecho lo había buscado entre el suelo y el techo de la planta inmediatamente superior de un edificio embebido en la muralla que separaba al barrio de una plaza de más principales gentes. A penas tenía un par de palmos de altura por lo que yacer allí era sinónimo de dolor al amanecer, el lugar producía terribles picores y algo le hacía toser sangre, pero desde aquel lugar podía ver otro mundo.
La noche en la que comenzó esta historia Juan, más agotado que sosegado, reptó hasta su peculiar posada. Miró a la plaza a través del hueco que el mismo se había procurado. Una veintena de hombres y mujeres, con ropajes no demasiado ostentosos bailaban mecidos por una música cuyo origen estaba oculto a sus ojos. Felices, sonreían, danzaban. Un hombre, al que en su pecho desnudo podíanse contar las costillas permanecía quieto, con los ojos cerrados, oliendo profundamente una flor, vistiendo una enorme sonrisa.
-Hijos de puta...- susurró Juanito al viciado aire de su acogedor nicho.
Juanito olió su bolsa, no había fragancia a flores. Decidió hacer inventario de lo conseguido esa noche, volcó la bolsa en la que había guardado todo lo que pudo del segundo viste-crespones:
-Cinco piezas de cobre, pegadas entre sí por una mezcla de sangre y un fluido gelatinoso.
-Una navaja mugrienta y oxidada con unas iniciales medio borradas.
-Una pera estrujada, demasiado ensangrentada.
-Medio pliego con el retrato de una mujer sonriente, el fuego había abrasado la imagen por encima de la nariz, aun así la mujer sonreía.
-El emblema de la ciudad de Los Veintinueve, del viste-crespones, acreditado por las estrellas de dos y nueve puntas. Se distinguían perfectamente el barco, la alabarda, el martillo, el lema, la serpiente astada del mascarón... Inmaculado.
-Hijos de puta...- cerró los ojos llenos de las lágrimas con las que solía acostarse.
-Una noche más...en fin, una menos.
Durmió.

2 comentarios:

Hablad buen/a hombre/mujer, os escucho...