Caminó por las sinuosas calles hasta llegar a la calle del vinagre, ancha calle que termina en el gran muro que separaba el barrio del siguiente. La única salida que había al final de la calle era un pequeño túnel oscuro, de techumbre abovedada, hogar de murciélagos, el nido de ratas. En el umbral un viste-crespones martillo de guerra en mano, enfrente, tres ratas de dos patas, sombreros que en su día debieron tener tres picos donde ahora había retales, y mucho acero tomando la brisa nocturna. Si bien los guardias eran vistos como gentes peligrosas también lo eran como valiosos botines, siendo este último punto de vista el preferido por los grupos numerosos. Tres personas eran las suficientes para pensarse el negocio, pero las suficientes pocas como para no envalentonarse precipitadamente.
Juanito corrió hasta la otra entrada del túnel, entró en el angosto y oscuro lugar, embozado y afilado en enseres. Se encontraba a diez pasos del viste-crespones que ahora se erguía, de espaldas a él y de frente a los tres improvisados valientes. Martillo en la diestra y asta en la siniestra, el hombre, concentrado en el baile a comenzar, sopesaba cual de los tres sería el líder moral del grupo, y por ello el destinatario de la carga del asta de seis puntas chatas. El guardia custodiaba a un compañero, al que se le oía gozar de los favores de alguna rosada tras la mugrosa puerta que comunicaba el túnel con el interior del gran muro. El tablero estaba planteado y los cuatro jugadores esperaban a que alguien diese comienzo a la partida.
Juanito siempre fue un muchacho inquieto, nunca se le dieron bien las esperas. Ante los ojos de los tres rufianes un hombre abría violentamente la boca, soltaba el asta con espasmódico gesto, doblando codo muñeca y dedos al tiempo. Un hombre intentando alcanzarse el cuello con la aún armada mano derecha, un hombre que sucumbía bajo una difusa sombra, con una daga adornando su ahora carmesí cuello. Juan de pocos sosiegos permaneció encima de su victima, inmóvil, haciendo reptar sus manos hacia el asta que yacía frente al todavía moribundo guardia y hacia la daga que guardaba oculta en sus riñones, tan útil para parar cuchilladas imprevistas como para asestarlas. Los tres rufianes estupefactos permanecieron quietos, sopesando las nuevas. Apuntando con el asta que ahora armaba su mano izquierda, el muchacho apartó su diestra de la daga y la utilizó en hacer un rápido inventario de la bolsa e insignias del cuerpo, guardando en su bolsa todo lo que podía. Al fin los tres hombres dedujeron como más débil al nuevo oponente y entre ásperas risas se acercaron, bien armados, al muchacho.
Las astas enanas ajenas tienen por costumbre sorprender tanto al nuevo poseedor como a los nuevos destinatarios, así ocurrió esta vez. Juanito disparó, seis bolas de fuego como frutas maduras fueron proyectadas violentamente, con gran artificio luminoso y auditivo en dirección a los hombres. El resplandor cegó los nocturnos ojos de dos de las ratas, abrasó y descuartizó al tiempo a la tercera y tumbó de espaldas a Juanito, con el brazo dolorido por el impacto y parte de su capa ardiendo. Juanito no tuvo que soltar el asta, la fuerza de la descarga se la había arrancado de la mano. Se levantó aturdido, y como había hecho minutos antes su anciano salvador, corrió sin hacer preguntas. Sin pensarlo los dos rufianes restantes corrieron tras él empujados por la ira.
La persecución duró poco.
Un fuerte sonido, nuevo para el muchacho, que sintió en su nuca hizo que instintivamente se tirara al suelo...
Miró hacia atrás...solo un hombre quedaba en pie, otro yacía entre él y el muchacho.
De nuevo el mismo sonido, la cabeza del segundo hombre estalló en mil pedazos, como debía haber hecho la del primero...
El cuerpo decapitado cayó y dejo ver tras de sí, en el ahora lejano túnel, la figura de un hombre desnudo de cintura para abajo con un largo cuerno negro y de sutil curvatura que sostenía con ambas manos a la altura del hombro y que humeaba silenciosamente...
Juanito permaneció oculto tras los cuerpos...
En silencio...
Cuando el viste-crespones semi-desnudo, volvió al cuarto a terminar su faena con la rosada Juanito se convirtió en un susurro más del aire de las noches del barrio de las Rosas...

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