miércoles, 19 de octubre de 2011

La Gazette royale de Facticius II


En el cuarto reinaba una absoluta oscuridad. El rey Facticius II aletargado en su diván escuchaba como dos de los cinco Académicos, conocidos entre el pueblo como “las vocales” al tener un rango tan importante en la sociedad como en el abecedario pero sin servir para nada en solitario, le narraban el juego con el llevaban entreteniéndose desde semanas –entonces su Majestad, llegamos a la ciudad de Laurancibalia en donde yo, sicario de la orden de las Hachas, con un total de más 25 a la fuerza, derribé el muro falso de la iglesia y encontré el tesoro- vivamente su compañero de juego asentía como si en eso consistiera lo único bueno que había hecho en este mundo, y es que en realidad era de lo único de lo que podía sentirse orgulloso. El rey observaba como los dos académicos explicaban la historia a través de unos muñecos colocados sobre un tablero e iluminados por unos cuantos candiles. Era lo único que le distraía, a parte de dormir y comer, pues su Grandiosidad no tenía curiosidad por nada, ni por nadie. En alguna ocasión prestaba atención a damiselas de la alta nobleza, pero tras pasar algunos minutos en su cuarto durante un par de días, su interés se desvanecía. Ni siquiera pensaba en cómo mantener su poder, o conseguir más. Por un lado, mantenerlo era sencillo, ya que Facticius II se había tomado la molestia de no tener descendientes que desearan su trono y pudieran perjudicarle, ¿de qué manera? Atrayéndolo a alguna ventana en lo alto de cualquiera de las cinco torres del castillo y que un traspiés “accidental” le hiciera caer al vacío, acontecimiento que él mismo había provocado hace diez años. Por otro lado, nunca se le había ocurrido que una rebelión pueblerina le usurparía su título, su mente no estaba lo suficientemente desarrollada para llegar a esa conclusión. En cuanto a aumentar sus dominios, no tenía ni soldados ni riqueza suficiente, además se decía a si mismo -¡Bastante tengo con aguantar a mis pueblerinos de Montesco como para ampliar el número de súbditos!-, en definitiva, le daba pereza.
¿Y hacer deporte, irse de caza, conocer nuevos reinos? Eso era lo que al Rey le gustaría, soñaba con ello constantemente. Sin embargo, Facticius padecía una enfermedad terrible, que no le permitía salir de su enorme castillo: tenía pavor al sol. Un miedo completamente irracional, que se escapa de toda clase de explicación, ningún medico, brujo o maga ha podido hacer nada por curarle. Según narra una vieja historia montesquiana, todo comenzó en una tarde de verano cuando la Reina Madre, que la guarden en el cielo, fue a dar un paseo con el pequeño Facti II. Se fueron a un lago cercano a darse un baño, como los dioses les trajeron al mundo. Pero en realidad, ese era el lugar en donde la Soberana quedaba con su amante. Mientras ella se alejaba para recibir las carantoñas del misterioso hombre, dejo al pequeño infante bajo la sombra de un árbol para que se secara con la brisa. Pero las caricias duraron demasiado y cuando volvió a recoger a su hijo, la Reina vio como la sombra se había desplazado y la piel del pequeño había sido quemada por completo. El acontecimiento se incrustó en la mente de Facticius y desde entonces no ha permitido que su piel sea expuesta al sol. No sufrió ningún tipo de imperfección cutánea, ni otro tipo de enfermedad salvo que por efectos secundarios de la magia curativa su piel se quedó con cierta tonalidad roja. Por ello, un secreto a voces es el apodo cariñoso con el que su madre comenzó a llamarle, Amapola. Cuando llego al trono, su primera Capital, norma que se debe cumplir se quiera o no en todo Montesco, fue arrancar este tipo de flor de todo jardín, parque y terreno.
Extrañamente este suceso era el que iba recordando el vigilante arbóreo Segismundo mientras subía el último tramo de escaleras que desembocaban en la Cámara Real.

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