-¿Has visto la puntada? ¿eh, hijo puta?- dijo el anciano con su voz áspera.- así, así antes de que sepa que puede darte una mojada él a ti.
Juanito Sosiegos, a la muy adulta edad de 15 años, acababa de recibir su primera lección de trabajo y vida. Había observado como el viejo, chepudo y cojeante, se había acercado torpemente a un viste-crespones, uno de los guardas de comercio portuario de la ciudad y le había hundido un palmo de fino acero entre los hierros de su coraza, abrazándole por el cuello con la diestra e hincándole con la bien llamada siniestra. Y es que aunque el nombre de los viste-crespones no era el oficial sí era el más justo. La ley no perseguía sus matanzas porque ellos eran la ley, lo cual favorecía la contratación de los servicios de gente como el curtido Gaona el “Chepas” para ajustar cuentas con ellos.

La parte más importante de la lección la aprendió cuando el viste-crespones, herido de muerte, embistió al anciano haciéndole perder el equilibrio al mismo tiempo que echaba mano a su asta enana y disparaba, sin apuntar, una descarga de espinas hacia el nuevo maestro del jóven Juanito. La descarga desgarró ropa y piel con la misma facilidad y en un instante Gaona el “Chepas” se veía aturdido y ensangrentado. Pero su veteranía le había curtido en el arte de correr antes de pensar, de modo que sin mediar palabra se arrastró con roedor sigilo entre las sombras de la oscura calle.
Juanito estaba paralizado. A pesar de haber visto muchas veces astas enanas, pues era costumbre entre los guardas alardear del tamaño de sus armas, jamás había visto el efecto de una desde tan cerca, pues era costumbre entre las gentes como Juanito andar lejos de los guardas cuando éstos usaban dichos artilugios.
Jamás habría sospechado enanas que encerraba en su interior astillas de varitas mágicas que aun conservaban sus capacidades sortílegas. Magia de guerra envasada por orfebres enanos para que pudiese estar al alcance de todo el mundo, solo de pensarlo Juanito sentía un pánico terrible.que tal podría ser la eficacia de estos objetos. Un asta de animal, en este caso de toro, forjada con metales y artes
La descarga del asta, cuyo hechizo probablemente tuviese un nombre largo y complicado había provocado un destrozo rápido e impactante, llenando de sangre la cara del aprendiz de asesino con un sonido que no olvidaría jamás, un golpe de aire seco y agudo como el de una tabla golpeando fuertemente la superficie del agua.
Buena forma de terminar una vida de mercenario, pensó el chico, tras la descarga el guarda cayó de bruces. Cuando Juanito levantó la mirada no había rastro del anciano, del que aun ni siquiera conocía el nombre. Rápidamente comprendió que no era la hora de la sorpresa sino la hora de desaparecer.
Pero todo esto fue antes de que Juanito se ganase el sobrenombre de Sosiegos y de que aprendiese que su verdadera vocación no era ser un asesino de distinguida técnica sino alguien al que se le deba casi tan bien despachar vidas como conservar la propia.

Eh! yo había dejado un comentario en la otra entrada! jaja
ResponderEliminarVan a ser microrelatos o continuaciones? o misterio y ya se irá viendo?
El mio continúa, hasta que el personaje muera o encuentre uno mejor.El del pintor de Estigia también lo continuará, me parece.
ResponderEliminarAfirmativamente, mi historia también continúa con varios personajes que se.....bueno mejor el resto lo dejo en sorpresa jajajaja
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