jueves, 24 de noviembre de 2011

Hechos acaecidos dentro de una estancia en penumbra



Cuando se abrieron las puertas de los aposentos reales, Segismundo sólo podía ver allí en dónde las pequeñas velas iluminaban, en resumidas cuentas: el diván en dónde se encontraba su Majestad y el tablero de juego de las Vocales. El resto de la estancia estaba completamente a oscuras, cada ventana estaba perfectamente tapada para que no entrara ningún ápice de luz. La estancia estaba sometida bajo el hechizo “eclipse solar” y por ello los rayos de sol repelían el lugar, o eso fue lo que le contó su padre al vigilante arbóreo. Segismundo miraba de un lado a otro, sin llegar a ver nada, mientras los soldados le empujaban hacia el centro de la habitación. Se rumoreaba que en la oscuridad de los aposentos reales vivían los Traspiés, sombras desterradas por sus dueños que una vez que no se les permite siluetear la imagen de un hombre bajo el sol se esconden en los lugares más oscuros habidos y por haber en Montesco. Una vez que han encontrado su sitio esperan al acecho y en cuanto menos te lo esperas te arrancan tu sombra como venganza por haber sido rechazados por sus propios amos, el dolor de tal amputación hace que uno pierda la cabeza para siempre.
-Señor, este es Segismundo II, hijo de Segismundo I, vigilante arbóreo de Palacio- anunció el soldado más joven. El Rey se removió como serpiente e hizo un gesto con la mano para que le acercaran una de las velas, con ella enfocó directamente a Segis para verlo a la perfección. – ¿Tú eres el culpable de que mi árbol esté desplumado?- el vigilante se preguntó si eso era una pregunta retórica – Por supuesto que lo eres – exacto, era retórica. Facticius se incorporó y comenzó a andar alrededor del asustadizo vigilante.
- Di...di...disculpe su Señoría, y...y...yo no sé que ha p...pa...sa.pasado. Aquí ti...tiene mi infor...or...me – contestó Segis entregándole el pergamino verde a su Alteza. La mano rosada del Rey tomó el pergamino y lo abrió – ajam...si...claro, estupendo – mientras lo leía, Segis juraría que su Majestad había tomado el pergamino al revés, un acontecimiento de lo que se percataron todos los presentes, que se encontraban concentrados alrededor de la luz que desprendía la vela que sostenía Facticius en la otra mano. – ¡Qué miráis, qué ocurre! – exigió saber el rosado monarca. – nada, nada su majestad, permitidme que tome el texto – indicó la vocal A, la más anciana de todas. Segismundo sabía que se encontraba fuera de lugar, ese no era su espacio, lo suyo eran los árboles, los jardines…- Vocales, pesad en un castigo cruel, yo tengo mucho que hacer- anunció el Rey, y mientras se disponía a tumbarse nuevamente en el diván, tropezó consigo mismo tirando la vela que sostenía. La estancia estaba más oscura, sólo quedaba las velas de la esquina derecha dónde se encontraban la mesa de juego de las Vocales y el escritorio del Rey. Pero en el resto no había ni un ápice de luz. Se escuchó un grito. La Vocal E se tiró al suelo retorciéndose de dolor. Los soldados se pusieron en guardia alrededor del Rey, pero el más joven chocó con la mesa de juego y la desparramó por el suelo. Sólo quedaba una vela. –¡Sacadme de aquí y corred! Quiero mantener mi maldita sombra-   gimoteó el Monarca desde un lugar cercano a donde se escondía Segis. Todo pasó rápidamente, las puertas del salón se abrieron de par en par. Los soldados habían sacado al Rey en volandas y este gritaba por el sol que se colaba por los grandes ventanales del resto del palacio. Habían caído dos Vocales en manos de los Traspiés y se escuchaban sus sollozos desde fuera del salón real. Segismundo había conseguido escapar, salíó corriendo escaleras abajo mientras escuchaba la voz de Facticius II que le amenazaba – Vigilante has traído la desgracia ha este palacio, primero el árbol y ahora mis vocales, corre, corre porque en cuanto te coja…ahhhhh!!!! Cerrad esos ventanales, ¡incompetentes!-.

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