Tum, tum, tum, tum. Juanito despertó. Unos pasos sobre la madera que
era su cielo le sobresaltaron. El muchacho se detuvo a escuchar. Nada. Aun así
reptó hasta la salida de su nido más alejada del ruido.
En el incipiente amanecer grupos
de ciudadanos de bien terminaban sus negocios nocturnos apresuradamente, reían
unos y maldecían otros, era el cantar del gallo en el barrio de las rosas.
Aquel, el día en el que recibió su sobrenombre, el muchacho caminó decidido
hacia el muro que dividía su barrio del siguiente. En una de las casas cercanas
a una de las puertas que abrían el paso entre el de Las Rosas y El Humilde, la
vecindad contigua, habitaban unos comerciantes que se llamaban los Tratantes.
Protegidos por un fuerte contingente mercenario, para evitar, principalmente
por las malas, la intromisión de la autoridad. Se dedicaban a comunicar los
bandos de muerte de los nobles que no se atrevían a pasar al noble barrio de
Juanito. No sólo la muerte era el negocio de los Tratantes, Tratantes de
apellido además de profesión. La familia se había dedicado a todo tipo de
negocios: robos por encargo, sanación de grandes males produciendo grandes males
a otros sanos, que no pudieron pagar tanto, o venta de armas y joyas a bajo
precio ganadas en infinidad de “herencias”. Fue esto último lo que les obligó a
cambiar el nombre de la familia ya que las autoridades no encontraron en el árbol
genealógico de Los Castados tantos familiares como herencias recibidas. Eso les
forzó a comenzar de nuevo en un barrio menos pudiente y con un nuevo nombre.
La familia que había contratado a
Juanito también había enviado a un emisario a la casa de los Tratantes, que ofrecían
cómodas habitaciones a sus clientes. Allí es donde se dirigía el joven,
decidido a cobrar la recompensa de la muerte que no había hecho. Llegando a los
soportales de los Tratantes se fijo que unas gotas de sangre manchaban el
suelo, como una hilera de hormiguítas de fuego.
-Ja, a ese le han dao.- pensó
Juan, y con una sonrisa en el rostro siguió el rastro, no por importarle sino
porque conducía al mismo lugar al que el iba, la puerta de la casa de la
afamada familia. Al volver la esquina vio, a unos pasos de la puerta, al dueño
de aquella sangre arrastrándose como podía para alcanzar la entrada.
El hombre se volvió hacia Juan:
-
Chico, soy Gaona, ¡ayúdame hombre!
El viejo chepudo apenas podía
caminar, la descarga del asta enana la noche anterior le había dejado medio
ciego, cojo y lleno de sangre, en la mayoría del cuerpo reseca y goteante en la
pierna.
Aunque la familia de la mujer
asesinada y ultrajada había contratado a Juan también había corrido el rumor de
una recompensa por la muerte del viste-crespones, de modo que Juanito echó
cuentas, Gaona estaba allí para lo mismo que él.
Sin mediar palabra el no tan niño
de piel verdosa entró en la casa de los Tratantes. Concertó entrevista con el
representante de la familia, le presentó el emblema de guarda que le había
robado al segundo viste-crespones como prueba de la muerte del primero, cobró su media pieza de oro y, sin esperar
enhorabuenas ni palmaditas en la espalda, salió de la habitación mientras
dejaba al emisario con la sentencia: “ya sabía yo que los de tu especie...” sin
terminar.
Juanito se fue a la taberna de
Marea, pues así se llamaba la tabernera. En la taberna habían estado comentando
acerca de la ausencia matutina del chepudo, que al parecer solía desayunarse su
aguardiente allí. Juanito no dijo nada durante largo rato. Cuando, llegando el
medio día, en la taberna solo quedaron Marea y La Practicante, una quirurga de
guerra que se dedicaba a la medicina mercenaria, Juanito dijo:
-
El Gaona ese está en la casa de los Tratantes,
malherido, creo...
La quirurga le miró y dijo:
-Joder Juanito, lo nervioso que
eres y el sosiego te pegas para algunas cosas.- La mujer saco unas monedas y
las puso encima de la barra apresuradamente y continuó diciendo:
-Bueno, aunque tarde al menos me
ha salido un trabajito esta mañana. Marea cóbrate lo mío y lo de aquí, el Juan
Sosiegos este.
La mujer marchó y Juan, contento
de haber cobrado, haber sido invitado y haber recibido un apellido, cosa de la
que hasta el momento no disponía por su huérfana condición, sonrió.

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