miércoles, 7 de diciembre de 2011

Desayuno con Diantres



Era otra preciosa mañana en la ciudad-isla De los Veintinueve Puertos. El gran canal que recorría la ciudad formando una espiral cuyas aguas se internaba en el corazón de la urbe amanecía engarzado de decenas de naves de toda clase y condición. Mientras las gentes de bien comenzaban su nuevo día, las gentes que nos atañen descansaban del trabajo que las más veces se les favorecía nocturno.
            Despertó en la taberna de Marea la señorita Hoja Amba, solo conocida como La Practicante por los conciudadanos, solo conocidos por ella como los clientes potenciales. Bajó las escaleras del piso en el que se encontraban las habitaciones despacio, con su ritmo tranquilo y silencioso, justo en el momento en el que Gaona “El Chepas” instruía al joven Juan Sosiegos en los siguientes términos:

            -Bien jugao muchacho, pero aun te queda mucho por aprender de mi.

El niño permanecía sentado enfrente del viejo compartiendo una redonda mesita con él, con gesto contrariado.
Al acercarse a la barra, sin dejar de escuchar al maestro de ningún oficio más que el de mal vivir, La Practicante habló dulcemente:

            -Ponme un Despertares Mareita, hazme el favor.- La tabernera, mujer joven y robusta en hechuras, levantó la vista del libro que la tenía atrapada, sentada tras la barra. Se apartó con la mano su flequillo verde y le hizo un gesto con la cabeza a Hoja. Ésta sonrió, entendió el gesto como un “Estoy a lo mio, ya sabes donde están las bebidas”.Sin desarmar su rostro con su sonrisa mañanera Hoja Amba entró tras la barra para servirse su Despertares, un orujo con café común en la ciudad. El detalle de que Juanito permanecía sentado porque Gaona le había invitado al desayuno le pareció a Hoja lo suficientemente divertido como para prestar a la conversación toda su atención.

            -Trabajar solo tiene sus inconvenientes, chico. De medio virotazo que teches al mentón tavían y na más las ratas se lo puen contar a la viuda. ¿Lo entiendes?
            -¿Qué viuda?- espetó el niño desafiante mientras se apresuraba a terminarse su sopa de cebolla.
            -Bueno, tueres joven aun, pero lo que me refiero, a ver si mentiendes, es que aunque has sio valiente en lucir acero ante mayores también hay que ser valiente cuando a un compare se le firman los filos entre las carnes, que verle de tripas al mundo pide de mucho coraje...
            -¿Qué compare?
Hoja Amba soltó una sincera risotada.
            -Lo tienes ya convencido Chepas.
            -¡Calla matasanos!

La relación entre ambos se había enfriado un poco desde que La Practicante se había cobrado por adelantado la cura unas feas heridas de asta enana de Gaona mientras éste permanecía inconsciente. Aquello le había apurado el presupuesto al anciano por lo que ahora andaba intentando juntarse con unos y otros en busca de préstamos o de trabajos fáciles.

El sonido del nudillo de Marea golpeando una losa de cerámica colgada a su espalda interrumpió la conversación mientras ella continuaba atenta a su libro. Pintado con buena caligrafía en la losa se leía:

“Se ruega a vuesas mercedes se humillen, acusen, maldigan y acuchillen con discreción, pierdan la vida si les place pero no pierdan las formas”

Hoja concedió con un gesto de cabeza. Terminó su desayuno, se ajusto las ropas y miró pensativa a Juanito. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro, se acercó al muchacho. Se mojó el dedo pulgar con saliva y empezó a frotarle la mejilla a Juanito con aire guasón. El niño no comprendía lo que ocurría por lo que decidió actuar como se espera de un hombre que no entiende del todo si lo están alabando u ofendiendo, echando mano a la daga. Divertida y advirtiendo el gesto se volvió hacia Marea y la interrumpió con un:
            -Oye Mareita, ¿acaso Juanito se enjuaga el rostro con la misma mugre que te lavas tu el pelo? Porque ese verde que usáis aparece en muchos de mis pliegos sobre plagas generadas por la inmundicia.
            La tensión de Juanito aumentó. Muy mal debo entender, pensó, para que eso no sea ofensa digna de pago. Pero la risa de Marea le devolvió al estado de estupefacción. Juanito siempre había confiado en la muchacha, quizá por una razón tan absurda e intuitiva como que ella tenia el pelo verde, como el color de su piel. Por esa confianza Juanito esperó a ver que hacía la tabernera.

            -¿No hablan tus pliegos de una mugre que tape esos cuernos de animal que llevas?
Ambas rieron. Marea cerró su libro, se levantó del taburete en el que había permanecido hasta entonces y continuó:

            -No hace falta que me atormentes Hojita, ya se que te había prometido un trabajito. Debéis buscar en los túneles a un tal Azumbre, al que llaman el descreído. Era un antiguo clérigo muy devoto de no se que religión, se cansó de ver como sus superiores robaban tanto entre limosna y limosna, por eso le llaman el descreído. Perdió algo la cabeza, cuentan que ahora se dedica a robar a los pudientes con sumo sigilo y a arriesgar su pellejo entrando con el mismo sigilo en casas de barrios humildes como el nuestro. Al parecer somete a un profundo juicio el nivel de riquezas de la casa en la que entra y le deja la cantidad de oro que considera justa. Estas aficiones le han costado más de un tajo por parte de los que terminan tanto a falta como a sobra de bienes, pues el hombre ni se presenta ni se le reconoce con facilidad según sus maneras gatunas.
Es por esos andares silentes que me interesa. Dicen que anda en predicas con La Brillante Brigada bajo el barrio. Decidle de mi parte que venga, si es tan amable, él me conoce.

            -¿Debéis?, ¿Quienes?

           -Había pensado que solo te llevases a Pepe Mulo, de machaca, pero Gaona me ha hecho reflexionar sobre la educación de Juanito. Llévate al muchacho al trabajo para ahorrarle estas ilustres lecciones...

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